La fénix y el basilisco (cuento corto)

RPP-BG-Orig
Unknown Re-edited version of Ryan Bliss’s Beggining Of The End art work.

Hace mucho tiempo, en un bosque mágico, tres razas convivían. Al frente estaban los majestuosos venados que con su fantásticas cornamentas daban paso al sol y a la luna. Luego, volaban las águilas majestuosas y orgullosas que servían como guardianas a los venados y que, además, acarreaban las lluvias al bosque. Al final, se encontraban los lobos que sólo contaban con la fuerza de sus patas y lo afilado de sus colmillos, con lo cual tenían que servir a los venados y a las águilas por igual. No era lo más justo pero así era la vida en el bosque, y ya todos se habían acostumbrado a eso a excepción de dos animalitos muy diferentes del resto.

La primera era una fénix, una polluela que todavía no podía emprender el vuelo, tan joven que su plumaje no había cambiado ni una vez. Ella vivía en lo alto de un roble apartado de los nidos de las águilas con su madre. La pequeña fénix miraba cómo los lobos vivían infelices y deseaba con todo el corazón ayudar a que el bosque fuese más justo.

–Los venados no deberían tratar a así a los lobos– comentó la polluela a su madre.

El ave más grande la cobijo bajo su ala protectora y le dijo.

–No podemos hacer nada hija… No es sabio buscar problemas.

Todas las noches la polluela miraba desde su nido las estrellas y enfocaba su vista en una muy particular, una que le había regalado su amistad y que le enseñaba todo tipo de misterios de los cuales el resto de los mortales eran ignorantes.

Por otro lado, bajo la alfombra de hojas y maleza del bosque, un basilisco de escamas negras se deslizaba sigiloso envuelto por la negrura de la noche. El joven basilisco pensaba parecido a la fénix: opinaba que los venados abusaban de su poder, y eso era injusto. Entonces, él llegó a un pequeño estanque donde levantó la mirada al cielo nocturno sin ningún tipo de interés en la luz estelar, sino, en el espacio negro que habitaba entre la luz de aquellos astros y que noche tras noche le contaba cientos de secretos que el resto de las criaturas desconocían.

Un día mientras la madre de la pequeña fénix había salido por comida, la polluela miró desde su nido cómo dos grandes águilas molestaban a un pobre lobo viejo que sin más compañía que su sombra había quedado acorralado a merced de aquellos bravucones.

–Déjenlo en paz -gritó la fénix desde su nido–, abusones… Cobardes– le llamó con toda la fuerza que sus pequeños pulmones pudieron sacar.

Pero siguieron atormentando al viejo lobo. Las águilas o no la escucharon o no le hicieron el menor caso,  o al menos eso creyó la doliente polluela.

Una gran águila se posó en la rama del roble donde el nido de la fénix se encontraba

–Una polluela como tú no debería usar ese tipo de lenguaje, sobre todo con las águilas- le dijo a la polluela con voz áspera abriendo sus alas enormes, ensombreciendo el nido de la fénix.

–Son unos abusivos– lo encaró testaruda.

–Supongo que si ya tienes edad para usar semejante lenguaje, ya tienes edad para volar.

El águila tomó a la fénix con su garra. A pesar de que la pequeña se resistió no pudo hacer nada contra el apretón del águila que la dejó suspendida sobre el vacío y sin una sola pizca de duda la dejó caer.

La  joven fénix logró mover sus alitas lo suficiente para que la caída no fuera mortal, aun así no pudo evitar lastimarse, una de su alas estaba lastimada y no podría regresar sola a su nido.

El águila descendió con una sonrisa maliciosa en el pico.

–Quizá ahora tengas mejores modales.

–¡COBARDE!– le gritó la polluela sobándose su ala lastimada y conteniendo las lágrimas.

-Te voy a enseñar cómo se le habla a alguien superior pequeña…– algo interrumpió al águila, un siseo cercano que la puso nerviosa.

De inmediato el ave déspota volteó al lugar de donde provenía el siseo logrando ver solamente la punta de una cola con escamas negras.

Sin pensarlo dos veces el águila emprendió vuelo dejando a la joven polluela a su suerte.

La fénix miró nerviosa en todas direcciones, buscando a la criatura que había producido ese siseo, pero entre la densa sombra que producían las hojas y los troncos era difícil ver algo.

El corazón de la fénix casi explotaba del susto cuando sintió la cola fría y escamosa de algo tocando su ala herida con suma gentileza.

Se dio la vuelta, temerosa, y grande fue su sorpresa cuando encontró tras de ella una serpiente de ojos grises oscuros, escamas negras como la noche sin luna ni estrellas, no era una criatura enorme, apenas si era más larga que una rama pequeña.

Ambos se quedaron en silencio, la serpiente fue la primera en moverse, rodeando con calma y suavidad a la fénix, siseando cerca de ella como si usara su lengua bífida para ver.

Después de un rato la fénix se animó a hablar.

–¿Me vas a morder?– peguntó tímida y asustada la fénix.

–No, claro que no. Aunque lo hiciera todavía no me crecen los colmillos– le respondió amable el basilisco sonriendo, de este modo dejando ver sus encías sin colmillos aún.

Eso le dio risa a la fénix y la tranquilizó.

–Soy Star.

–Soy Daeron- respondió Daeron, gustoso de saber el nombre de la fénix.

-Daeron- repitió Star para ver que lo pronunciaba bien- ¿Por qué me ayudas?

–No soporto que esas águilas abusen de su poder y menos que esos venados consideren a todos inferiores- le respondió el basilisco.

La fénix sonrió.

–Daeron… ¿Quieres ser mi amigo?-

Desde ese momento la fénix y el basilisco se volvieron inseparables, siempre iban a todos lados juntos. Así, al paso de los años, el lazo que los unía se hizo cada vez más fuerte, al punto de que se amaban y protegían el uno al otro. Se compartían todo los secretos que sus respectivos mentores les compartían.

Daeron enseñaba a Star sobre la oscuridad y Star enseñaba a Daeron sobre la luz. Los años pasaban y cada vez más lobos escuchaban las palabras de la fénix y el basilisco, que predicaban igualdad y tolerancia. Eso no le agradó nada al rey de los venados que los mandó desterrar de inmediato.

–Tus escamas negras son un reflejo de la maldad y tus colmillos venenosos son testimonio de la vileza de tu ser. Y tú -dirigiéndose a Star-, tus plumas irradian luz que ciegan a los demás habitantes, además son capaces de encender en llamas todo el bosque. Por esos crímenes dictamino que deben ser exiliados del bosque. Dictamino el rey venado que hizo de oídos sordos ante los argumentos de Daeron y star que con pesar se fueron de su hogar.

Aun alejados del único hogar que conocían la fénix y el basilisco siguieron juntos, apoyándose el uno al otro en todo momento. Se amaban tanto el uno al otro que ya ninguno de los dos podía imagina la vida separados.

A pesar de ser rechazados y marginados Star y Daeron, ellos obtuvieron nuevos amigos que son su ayuda lograron llevar a cabo un ritual que la estrella había compartido con Star y que la oscuridad cósmica había ayudado a perfeccionar a Daeron.

La Fénix se convirtió en algo tan hermoso que el basilisco apenas podía creerlo, juntos regresarían al bosque y ayudarían a llevar esperanza y justicia a las otras razas.

Pero…

Nada salió como lo planearon, los venados, las águilas, incluso los lobos vieron Star como un monstruo, la  atacaron, la repudiaron, la rechazaron.

–Si no van a aceptarme, entonces tendrán que obedecerme– les gritó Star en una arrebato de furia oscureciéndose por dentro y convirtiendo a sus atacantes en monstruos que le servían.

El basilisco se quedó a su lado sin cambiar lo mas mínimo lo que sentía por ella, era como si ambos tuvieran un solo corazón que les hacía perdonarse al instante. De alguna manera lograron encerrar a la fénix en un roble negro.

El basilisco sintió cómo su corazón se había roto en mil pedazos cuando vio aquello. La amaba más que nada en el mundo. El joven basilisco se fue del bosque con la promesa de que vengaría a su amada fénix.

Durante años Daeron permaneció oculto en la oscuridad, fortaleciéndose, sintiendo cómo su ira y su odio hacían más potente el veneno que sus colmillos dirigirían a quienes le arrebataron su otra mitad.

Finalmente un basilisco adulto con ojos negros y un corazón roto y marchito regreso al bosque sin la menor pizca de piedad: dirigió su mordida venenosa al cuello del rey de los venados y algunos de sus súbditos.

Suplicó piedad el rey,  pero el basilisco no tenía nada de misericordia,  sólo ira y sed de venganza. De este modo la sangre corrió por todo el bosque. Al poco tiempo los lobos se unieron a la causa del basilisco, las águilas sangraron, lo venados sangraron y los lobos fueron libres.

Sin importar cuanta sangre se derramara o cuántas vidas sus sed de venganza lograra arrebatar, ni cuanto se enriqueciera o poder obtuviera el corazón del basilisco, permanecería roto y marchito, sin su fénix.
Por Jorge Adrián Viniegra Marín
Todos los derechos reservados (c)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s