El autoestop del juicio final

Kentucky Fried Lit

Rafael mantenía todo su empeño en que algún conductor le dejaría ver con cara desconfianza y se pararía en la acotación para darle un autoestop.

Así fue durante horas.

Hasta que llegó la temida noche, donde los monstruos nocturnos de la carretera lo acosarían en cada paso descuidado que diera.

Así fue también.

Pero, como en cualquier relato, el protagonista llega a su cometido, o por lo menos eso es lo que cree; porque, de otra manera, ¿sería viable imaginárnoslo ahí, días y días, la tibia a punto de romperse, ojos secos, ropa rota, y llegar a la ciudad-objetivo entre fallidos autoestopes sin nada más divertido qué contar? Bueno, no parece mala idea, aunque supongamos que es terrible y ya.

Y llegó el buen samaritano, que por lo mínimo es persona sospechosa por andar de noctívago a tan altas horas de la noche. Este hombre de sombrero Trilby se paró…

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