Nunca tuve vicios

el

Nunca tuve vicios,
pero me superó el deseo de acariciar tus labios con los míos.
Tu cercana respiración, la textura de tu piel.
A pesar del whisky degusté el néctar de tu lengua,
y cómo olvidar el Balenciaga que embriagaba tu cuello.

Nunca tuve vicios,
hasta que te convertiste en la experiencia que no se cambia,
ni por corregir el pasado, ni por conocer el futuro.
Sé que te amo por la sensación de libertad al estar a tu lado,
en donde la tranquilidad se volvió completitud.

Nunca tuve vicios,
comencé a tenerlos al imaginar tu ser y tu estar:
tu mente, tu alma y tus aromas;
el mapa de tu cuerpo en donde encuentro mi mejor refugio,
y tu rostro, en donde posan cuervos por cejas y la luna creciente por sonrisa.
Ahora sé que me gustas más de lo que a ti te gusta el café sin azúcar.

Nunca tuve vicios,
hasta ahora, porque tú eres uno,
porque no le tengo miedo a la muerte,
y, sin embargo, rezo por despertar un día más,
para poder verte una vez más,
porque no puedo ver las jacarandas sin que tu recuerdo invada mi memoria.

Nunca tuve vicios, hasta que me abrí a ti.
Nunca tuve vicios, hasta que febrero nos alcanzó.
Nunca tuve vicios, hasta que sufrí la abstinencia de no tenerte cerca.

 

Por Dulce Karen Munguía Cruz

© Todos los derechos reservados.

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