Incertidumbre

Caminó por un largo tiempo, sin seguridad de saber a dónde iba, sólo que deseaba mantenerse en movimiento. La carretera estaba apenas iluminada, la vía láctea se desdibujaba con las luces del pueblo más próximo.

Tenía el cuerpo cansado, no había dormido en días, apenas había comido algo (Algunas bayas y plantas comestibles que había encontrado a las orillas del camino, en una zona arbolada) y de beber, mejor no hablemos (La noche anterior, había llovido como si el cielo hubiese decidido caerse, de modo que, bebió de este mismo).

En lo profundo de la noche, su cuerpo se estremeció, espasmos de dolor lo recorrían: Había llegado al límite, con o sin alimentos, no sobreviviría más. No llegaría al pueblo y aun así, llegando ahí ¿Qué le esperaba? Quién sabe si aún había gente en ese sitio, quién sabe si realmente esas eran luces o era fuego…

Se introdujo a la espesura del campo, su cabeza comenzó a palpitar, sus oídos zumbaban, el aire le sabía amargo y el estómago lo sentía como un agujero negro el cual absorbía al resto de su cuerpo.

Perdió el conocimiento, en medio de la nada, entre delirios de luces y aromas inconcebibles: La muerte había llegado por su alma.

Abrió los ojos. La bóveda celeste refulgía con singularidad, extrañamente verde, extrañamente amarilla.

¿Había fuego?

Se levantó y extrañamente, ya no sentía más cansancio, sus labios ya no estaban secos y el aroma a ozono ahogaba el del rocío sobre briznas rotas.

Caminó. Y caminó. El día no llegaba. La noche continuaba, por horas, por kilómetros. ¿Y el pueblo? Hace horas que debió haber llegado o al menos eso le parecía.

¿Había muerto? Posiblemente, sí. ¿Estaba en el cielo? ¿En el infierno? No lo sabía.

Miró hacia atrás, el mundo permaneció estático bajos sus pies. Seguía de pie en el mismo sitio del cual se había levantado hacía posiblemente horas, quizá minutos, probablemente, días. A sus pies, yacía su propio cuerpo, a medio descomponer.

El cielo se quebró en un chasquido de luz y color, como un caleidoscopio clavado en un ojo. El día y la noche pasaron como borrones indefinibles ante sus ojos: Recuperaba la noción de temporalidad.

¿Qué diablos había pasado? ¿Había muerto?

Nada era seguro.

 

Por Lizbeth Carreon

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