La última dona de Rubén

Arriba de un cerro, en un bello atardecer, Rubén Miramontes come una dona mientras ve un pintoresco cielo azul y carmesí. Las notas que apuntaba en su memoria que si va a ir a Europa el próximo año, que si se operaría el pene, que si se cambiaría el color de los ojos…

Hasta que un rayo de luz fuera de este mundo lo deja ciego por unos segundos. Algo cae. El suelo tiembla. Recobra poco a poco su vista. La tierra se está agrietando.

-Chingada madre, ¿de dónde vino esa puta luz…?

Se pregunta Rubén cuando.

Una aeronave ha aparecido en aquel cuerpo celeste que carece de color. Una aeronave monstruosa.

La dona de Rubén cae.

Rubén corre. Corre y corre.

“¿Es un sueño? ¿Esto es un puto sueño?”, Rubén se pregunta, “¡A la madre! Otra de esas pinches naves!”; su respuesta no tarda en llegar cuando tropieza, cae, rueda cuesta abajo y se lastima.

-¡Puta pinche verga madre!

Grita, grita anatemas a los siete cielos. Su respuesta es un sonido ensordecedor. Sus oídos sangran.

-¡Que me caguen la cara y me despierte, ya!

Esto Rubén no escucha. No escucha nada. No escucha las cercanas vociferaciones agonizantes de un guardabosque que está siendo destripado por una criatura infernal. No escucha que sucede una explosión. No escucha nada.

Rubén corre hacia la carretera cercana, aun cuando la tibia y la peroné de su pierna izquierda visiblemente están fuera, soltando sangre.

Al llegar a la carrera, Rubén se desconsuela por lo que mira debajo de ella:

El pueblo donde se hospedaba ahora es una cúpula de desastre y polo.

-Puta…

Rubén dice y mantiene la boca abierta.

El tiempo pasa lentamente. Lentamente. Demasiado lento. Demasiado. Rubén se percata que quiere mover rápido su mano para ver su palma, pero no puede. Sus pensamientos siguen igual de rápidos, sin embargo, su cuerpo. Entonces, morosamente, Rubén gira su cabeza hacia arriba, presiente que algo está acosándolo desde el cielo, desde aquel cielo incoloro.

Tal vez tarda minutos, o un segundo, pero alcanza ver esto: una criatura terrible que flota a lo lejos parece succionar todo su alrededor, como si se tratara de tirar ácido sobre una pintura y observar su desaparición de una manera horrenda…

“Eso… Eso se está comiendo todo…”

Rubén trata de suspirar. Antes se oscurece.

Un aullido en su consciencia es lo último que él puede emitir.

Y todo queda en blanco.

 

Por Diego Alberto Moreno Abril

©Todos los derechos reservados.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s