Tres cuentos cortos IV

Necromantia

La Necromancia es un arte poco casual y, por lo pronto, escasamente cotidiano.

Pero, la Necromancia, también, puede ser una belle arte, la cual consiste en elevarse al plano ficcional, adentrarse al relato, otra manera de ver la realidad, a personajes históricos que los gusanos comieron sus vísceras centurias antes; esto, claro está, lo vemos principalmente en las novelas históricas.

Por qué, ¿por qué el humano busca algún procedimiento tan ocultista para revivir almas ya hechas polvo? Están muertas y en sus ojos siguen vivas. ¿Para qué? Pf, qué patético. Lo hecho, hecho está. ¿Revivir el pasado? Está pasado de la raya de la cordura.

La Necromancia pervive hoy en día en, como ya se ha dicho,  las novelas históricas, y algunas obras de teatro, pero no más en la pintura, la escultura, danza… No, esas ya olvidaron, afortunadamente, el pasado, ahora solamente utilizan elementos abstractos que la mente les comunica, les hace sentir la clave para abrir una puerta de la Existencia.

-Lord Python

El gato Félix trotadimensiones

El gato Félix se encontró en un barrio extraño donde varios otros  felinos vestidos de pachucos le acorralaron, y sus voces se escucharon:

-¡Don gato! Ese sí que tiene un bolso cheverisnais, ¿se lo robamos?

-No, Benito, deja ese bolso en paz. Creo que éste viene de otra dimensión porque siempre está sonriendo y los únicos gatos en este universo somos nosotros, ¿lo recuerdas? Aparte Hanna-Barbera lo dejó muy claro: dibujo animado ajeno que entre a este plano, le dan duro en la testa con la mano”. A chingárnoslo

Tas tas.

Leí dos libros de historia, uno de un tal Hoeffenzorg o Langerhaus –no recuerdo con exactitud; para ser sincero nunca fui muy bueno para el alemán-, mexicano de ascendencia alemana irlandesa, otro del colegio más famoso de mi país, editado por algunos Luises –Luis Hernández y Luis Martínez, y una Virginia Schoeffer. Quedé extremadamente confundido por las posiciones epistemológicas, idealistas e historicistas de cada libro. En el del Colegio, cuyo título es La Historia Oficial de M., el más grande insurgente de nuestra nación cargó un épico estandarte con la Virgen de Guadalupe y murió gloriosamente como cualquier héroe digno de cantos épicos, nombres de calles principales y hasta de un estado o ciudad. En el del mexicano alemán irlandés chichimeca –él mismo se jacta de tener tantas mezclas de sangre, que de broma dijo en su prólogo “soy de sangre rosa primorosa, sangre tutti fruti [risas]”-, impone su ojo crítico y con innumerables ironías, deconstruye la historia de la Independencia de M., pero con mucho alboroto en algunos capítulos.

Un día como este, yo me quedo dormido por la mañana en medio de una larga y desvelada investigación sobre la historia y posthistoria. Aparte del porro que fumé para esparcirme diez minutos y dejar que fluyan las ideas en un efecto celeste: caballos, planetas, cavernícolas, hachas de acero y madera, ídolos y cultos religiosos, mandrágoras y el Ágora… Y con un crujir de papeles, un “tic” del caer de mi lápiz, mi aventura onírica comenzó con la activación del sistema límbico.

Cuando desperté, a mi lado, vi un estandarte, un estandarte teñido de sangre seca. Volví a dormir y proseguí con la cruenta independencia de mi país.

Por Albert Brown

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