Gronmuen

Érase un duende que se encontraba perdido en una gran ciudad.

Él, Gronmuen, buscaba la paz entre la urbe y su ruido; pero, ¿a quién se le ocurriría vislumbrar su conciliación en la vida dentro de una ciudad? A nadie, absolutamente a nadie, sólo a Gronmuen, que había nacido “un poco mal de la testa”.

Gronmuen buscó y buscó; escudriñó cada mueble humano, registró cada parque, museo, biblioteca, vertiendo basura, libros, hojas de Shakespeare, Carlos Fuentes y Ezra Pound, hasta casas de perros, pero, lo único atractivo que halló fue un disco de vinilo de Prince.

Las melodías de su música…

La voz aguda, pero suave…

El intrépido funk de El Artista de Minneapolis lo dejó extasiado, brincoteando por toda la casa de un abuelo de ochenta años; claro, mientras dormía profundamente éste por medio de poderosas pastillas que lo mantenían escuetamente en su cadáver corporal.

Y llegó “The Most Beautiful Girl of the World”. Lloró. Lloró impetuosamente; escondió lo que podía. Lloró.

Observó por un momento el vinilo de su colega en tamaño, aunque por treinta centímetros más alto, un gigante, besó su faz y salió de la residencia del anciano para regresar a su reino fantástico.

Gronmuen había alcanzado su objetivo: la paz, y, además, el amor.

Cuando el rey de los gnomos, Zanhuiel, le encontró gritando de alegría en el regio pasillo, se interesó por su regocijo. Le preguntó:

-Gronmuen, ¿qué es lo que te tiene tan feliz?

Entonces, Gronmuen saca de un bolsillo mágico un objeto oscuro y orbicular. Juguetea con el de mano en mano, dando brincos que no cualquier gnomo podía efectuar en el reino de Naukhael.

-¡Me da gran alegría haber encontrado mi paz en algo que no tiene sentido, y ahí encontré el sentido, su honorable majestad!

El rey se compadeció de la locura de Gronmuen con un suspiro. Él, Gronmuen, pertenecía al Círculo de la Moria, un vasto grupo de duendes retrasados que siempre se escapan del reino para molestar a los humanos, robándoles sus artículos más preciados, a veces solamente cambiándolos de lugar, pero, cuando les dejan cosas brillantes o pollo, los dejan en paz por algunos días.

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Por Albert Brown

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